martes, 19 de febrero de 2013

Timerman en Israel

Timerman en Israel En un medular análisis sobre las cuestiones de identidad de los judíos argentinos, Raanan Rein analiza, entre otros casos, el cambio en la percepción en Israel de Jacobo Timerman, recibido como un héroe en 1979, tras exiliarse de la dictadura que lo había encarcelado y torturado, y que terminó siendo persona non grata, entre otras razones por sus publicaciones críticas contra la invasión israelí al Líbano en 1982. Por Raanan Rein 14/05/11 - 08:43 El hombre y su obra. Brillante periodista, Timerman creó La Opinión, referencia de los diarios argentinos. Contó su secuestro en la dictadura en un impactante libro. Ya durante el cautiverio de Timerman en la Argentina hubo presiones ejercidas por representantes israelíes a familiares y amigos para que no realicen una campaña pública internacional, aduciendo que tal cosa sólo reduciría las probabilidades de su liberación. Su hijo Héctor contó que cuando fue transferido a arresto domiciliario lo visitaron el embajador Nirgad y el rabino Marshall T. Meyer. Nirgad trató de convencerlo de firmar una carta asegurando que había sido bien tratado y que no tenía ningún reclamo que realizar al gobierno. “Mi padre se negó y ante la insistencia de Nirgad le dijo que prefería seguir preso antes que firmar. Siguió preso un año más.” Cuando el cónsul Avivi escoltó a Timerman hasta el avión en el que partió, le aconsejó no denunciar al gobierno militar. Sin embargo, en cuanto la aeronave hizo una escala en el aeropuerto de Madrid, Timerman hizo declaraciones a la prensa en el lugar. Pocos minutos antes llamó a su hijo y le dijo: “Los israelíes están locos si creen que me voy a callar”. Timerman se reunió con su familia en Tel Aviv y acordó publicar una serie de seis notas en Maariv, en las que incluiría una descripción pormenorizada del juicio al que fue sometido y el tiempo que estuvo en cautiverio, con detalles sobre el estado de los derechos humanos en la Argentina y un análisis de los sucesos en América latina, en particular en los países del cono sur, todos ellos gobernados por regímenes militares. Maariv incluso llegó a pactar con varios periódicos grandes del mundo para la publicación de dichas notas en sindicación (es decir: su publicación simultánea en varios idiomas, en diversas regiones del planeta). Sin embargo, antes de la aparición de la primera nota, en octubre de 1979, Timerman fue convocado a Jerusalén para entrevistarse con Yosef Chechanover, director general de la cancillería. En ese encuentro, el alto funcionario le pidió no publicar las notas debido a un pedido de padres de desaparecidos, que residían en Israel y sostenían que sus hijos, en tanto rehenes de la Junta Militar, corrían peligro si el periodista no se retractaba. Asimismo, pondría en peligro las vidas del periodista Robert Cox, de los rabinos Marshall Meyer y Roberto Graetz y de su propio hermano, José. Un día antes, en una recepción, el embajador argentino dijo al director del Jerusalem Post que había gran preocupación por las dramáticas consecuencias para su país que podrían desprenderse de la publicación programada. Timerman, a pesar de que no estaba a favor de la diplomacia silenciosa, resolvió no publicar esos artículos. Estaba furioso por la claudicación ante la extorsión ejercida por los gobernantes en Buenos Aires, pero consideraba en primer lugar el temor por la vida de los jóvenes, como explicará a posteriori, y por lo tanto tomó esta decisión. Esbozó entonces un compromiso, pero que no prosperó. Volvió a entrevistarse con Chechanover unos días después y fue acompañado por el director de Maariv, Shalom Rozenfeld. Estas presiones se ejercían lejos de la vista de los medios de comunicación. En los meses que pasaron desde su salida de la Argentina, Timerman gozó de gran simpatía en la prensa israelí: “luchador por los derechos humanos” y “sionista ferviente”, eran las típicas referencias aplicadas al ex director de La Opinión. Pero su presencia provocaba cada vez mayor incomodidad al establishment gobernante local. Las relaciones entre Israel y la Argentina eran más estrechas que nunca y la sombra del periodista era considerada como una amenaza en ciernes. El 25 de mayo de 1980, Timerman debía recibir la Golden Pen of Freedom Award (Pluma de Oro de la Libertad) por parte del presidente de la World Association of Newspapers (Federación Internacional de Editores de Diarios). La ceremonia debió haberse llevado a cabo en la Knesset, con la participación de representantes del gobierno e incluso un breve discurso del primer ministro, Menachem Begin. A último momento, presiones del gobierno (que temía represalias de la Junta argentina) forzaron a la presidencia del parlamento a trasladar el festejo a uno de los salones de la Universidad Hebrea, donde la personalidad de mayor jerarquía fue el alcalde jerosolimitano, Teddy Kollek. En cambio, Yitzhak Shamir, nominado recientemente como ministro de Relaciones Exteriores, asistió a la recepción organizada por la embajada argentina con motivo de su fiesta nacional. La prensa hebrea publicó filtraciones extraoficiales de la cancillería, que indicaban que la presión por anular la ceremonia con Timerman fue iniciativa de padres de desaparecidos, que temían por las vidas de sus seres queridos. Esto fue un intento adicional por parte de la diplomacia israelí de justificar la ausencia de una crítica pública acerca de las violaciones de los derechos humanos en la Argentina. Durante más de un año, Timerman estuvo en su nuevo domicilio, en el barrio de Ramat Aviv, redactando su libro, Preso sin nombre, celda sin número. Este apareció simultáneamente en una traducción al inglés publicada por la editorial neoyorquina Knopf y distribuida por Random House. La salida del libro, en mayo de 1981, fue una oportunidad para reavivar la polémica sobre el autor y sobre las relaciones bilaterales entre Israel y la Argentina. Una noticia publicada por el corresponsal de Haaretz en Nueva York indicaba desde sus titulares: “Debido a la polémica desatada por el libro del periodista Timerman, sostienen fuentes en Washington: Israel se rinde ante las amenazas de la Argentina de perjudicar a los judíos si no le suministra armas”. También la prensa hebrea fue parte de la mencionada polémica. En una nota del suplemento de fin de semana de Maariv, Gabriel Strassman se cuestionaba, tras una larga entrevista con Timerman, sobre un tema que tampoco se mencionaba en Preso sin nombre...: ¿por qué, si todo está tan mal, parece estar tan bien? ¿Por qué en los recientemente inaugurados Juegos Macabeos marchó una delegación de deportistas judíos de ese país enarbolando su bandera celeste y blanca? ¿Y por qué el medio millón de judíos de la Argentina no empaca sus petates y se marcha de ese país nazi? Remataba a sus interrogantes afirmando: “Me parece que a esta pregunta tampoco Timerman tiene una respuesta”. Las palabras de Strassman reflejaban la actitud sionista tradicional, negándose la legitimidad de la diáspora judía y no pudiendo entender por quélos judíos de todo el mundo no abandonaban sus casas para trasladarse a Israel. El libro, publicado y distribuido en inglés por una importante y prestigiosa editorial norteamericana, apareció en su traducción al hebreo en una editorial pequeña, Dómino, algunos meses más tarde que el original. La editorial Maariv iba a publicarlo en un principio, pero por razones no aclaradas se retractó. Si bien hemos dicho que la polémica por el libro se reflejó en la prensa israelí, la publicación de la versión hebrea no tuvo gran repercusión y por lo tanto hubo quienes lo consideraron como un complot de silencio. “El libro apareció en el pasado abril en Estados Unidos y despertó un vivo debate público. Fue publicado hace unos dos meses también aquí, en traducción hebrea, y hasta ahora casi no ha tenido eco alguno. Es un texto breve, en total 160 páginas; escandaloso y shockeante”, escribió Amós Eilón en Haaretz. En una larga nota titulada “¿Quién tiene miedo a Timerman?”, Eilón formuló más preguntas incisivas: “¿Por qué Maariv se retractó de su plan de publicar el libro de Timerman? ¿Qué ocurrió? ¿Por qué los editores consideraron que “no es interesante” y que “no se va a vender”, que “no es mercadería”, como dice el director de Maariv, Shmuel Shnitzer? ¿O quizá porque uno de los principales accionistas de Maariv tiene estrechos vínculos comerciales con la Argentina, tal como supone Timerman? Nunca sabremos la verdad a ciencia cierta, pero sabemos que Timerman puso a muchos en un aprieto en este país y en Maariv al criticar la política interna y la exterior del gobierno de Begin. Los honorables e ilustres que le dieron la bienvenida en el aeropuerto se alejaron de él. Se puede suponer por qué”. Al respecto escribió Yoav Karni en septiembre de 1981: “Hay un intento transparente de desplazar el debate sobre el libro de Timerman a un campo irrelevante: hablando de la personalidad del autor, en lugar de revisar el contenido de lo que escribe. El 17 de julio de este año entrevisté a Jacobo Timerman para un programa ómnibus en Kol Israel. Fue esta la primera vez, en el curso de la última tormenta, que un medio de comunicaciones israelí dio una oportunidad concreta a Timerman de decir algo”. Pero el vuelco más significativo de la actitud hacia Timerman en la prensa local se produjo cuando fue publicado su segundo libro, dedicado a la primera guerra de Israel en Líbano. El periodista terminó la redacción en su apartamento cercano a la universidad de Tel Aviv en agosto de 1982, cuando las tropas israelíes estaban en el apogeo de la invasión. Tras la masacre de palestinos en los campos de refugiados Sabra y Shatila añadió un epílogo con graves acusaciones contra las Fuerzas de Defensa de Israel y la política exterior del gobierno. A pesar de que la ola de protestas contra la guerra en Israel iba en aumento, sobre todo después de las matanzas mencionadas en las afueras de Beirut, el libro de Timerman fue acogido con frialdad y hasta con abierta hostilidad. Yehuda Ben Meir, a la sazón vicecanciller, declaró en una entrevista al prestigioso programa de TV 60 Minutes, de la cadena televisiva CBS en Estados Unidos: “Lo sacamos de la Argentina. Ahora ataca y denigra a Israel. Cualquier persona con uso de la razón puede comprender que su libro es una colección de calumnias y mentiras originadas en el auto-odio que siente”. Ante los ataques de los que fue objeto –por ejemplo la acusación de que estaba en Londres durante la guerra, como si eso fuera relevante– Timerman concedió una larga entrevista al semanario Haolam Hazé: “Durante la guerra estuve aquí. En esta mesa. Yoel Marcus, de Haaretz, dice que estuve en Londres, que no estaba en Israel por la guerra. Hace como un año que no estoy en Londres. Comencé a escribir en junio y terminé en agosto. Y después escribí un epílogo sobre Sabra y Shatila”. Añadía a esto: “Yoel Marcus está enojado por cosas que dije en el libro; él no lo leyó siquiera. Dice que la mayor parte de la población de Israel está muy conforme con lo ocurrido en Sabra y Shatila. ¡Y yo también lo digo!”.La constante referencia a Marcus se debía a un artículo que el veterano publicista publicó el 1º de diciembre de 1982 en Haaretz, con el título “No temas, mi siervo Jacobo”, con un incisivo párrafo inicial: “Si siento aversión por gente como el señor Yaacov Timerman, es porque su conducta y sus manifestaciones me convierten automáticamente en un simpatizante de Menachem Begin... Tras haber ajustado sus agudas cuentas con la Argentina, encontró su nueva meta en la guerra contra el régimen tiránico en Israel. Se ha convertido en una edición de bolsillo latino-polaca de Bruno Kreisky. Timerman no dejaba títere con cabeza al referirse al liderazgo israelí que condujo la guerra en territorio libanés en el verano de 1982; del primer ministro Begin escribió que era ‘un terrorista que causa daño a su pueblo’; al entonces ministro de defensa Ariel Sharon lo definió como ‘el hombre que quiere convertir Israel en la Prusia de Medio Oriente’”. Cabe señalar que el hijo mayor de Timerman, Daniel, que fue miembro de un kibutz y soldado en la reserva, fue sentenciado en reiteradas oportunidades a prisión militar por alegar objeción de conciencia para servir en el Líbano. Jacobo fue por primera vez en octubre de 1982 a visitarlo al centro penitenciario militar número 6, próximo a la ciudad de Atlit, pero no pudo sobreponerse a las dificultades que su cuerpo manifestó a la hora de entrar. Dijo a quienes le acompañaban que no podía volver a meterse entre muros. Tras ese intento de visita, y hasta que Daniel cumplió con la sentencia, su madre Risha acudió sola a visitarlo, dos veces por semana. En la noticia publicada por Haaretz, Jacobo Timerman habría manifestado en la víspera su pesar de que a su hijo no le hayan permitido servir conforme a su conciencia. El periodista Amós Eilón describió de la siguiente manera el período israelí en la vida de Timerman: “Tras su expulsión de la Argentina en 1979 se estableció en Israel. Sionista veterano, podía haberse radicado con gran bienestar en Nueva York, pero prefirió un modesto apartamento en Ramat Aviv. Israel lo desilusionó en gran medida, sobre todo en los días de la guerra en el Líbano. Los israelíes no recibieron con buena predisposición su crítica a esa guerra, aun cuando otros fueron más duros aun. ¿Será posible que su condición de nuevo inmigrante tuviera algo que ver con esto, quizá en forma inconsciente?... Es un hecho que Yitzhak Shamir, como primer ministro, definió a Timerman ante un sorprendido entrevistador norteamericano como ‘un hombre ingrato’. Timerman cambió sorpresivamente la imagen habitual de los ‘presos de Sión’, y no fue en su beneficio. En Israel fue denigrado y aislado socialmente; un taxista anónimo una vez le escupió en la cara. Según dijo, se sentía en Israel ‘como un judío en la diáspora’, y no como esperaba al llegar, ‘como un judío que regresa a casa’”… Un mes después de haber asumido la presidencia Raúl Ricardo Alfonsín, Timerman aterrizaba el 7 de enero de 1984 en el Aeropuerto Internacional de Ezeiza, con su esposa Risha. A su llegada se vio forzado a dar una improvisada conferencia de prensa, en la que entre otras cosas se le preguntó si había resuelto abandonar Israel. Timerman ya no regresaría más. Tras obtener un cuantioso resarcimiento material del gobierno argentino por la confiscación de La Opinión, intentó sin éxito volver al mundo del periodismo. Pero el “toque mágico” que lo había caracterizado no lo acompañó. Intentó con la autoría de algunos libros que tuvieron cierto éxito y murió en su hogar, en uno de los barrios más exclusivos de Buenos Aires, el 11 de noviembre de 1999. Tenía 76 años. Numerosos periódicos en Occidente publicaron obituarios al día siguiente. The New York Times, por ejemplo, decía que Timerman continuó defendiendo las instituciones democráticas y los derechos humanos toda su vida. En los diarios israelíes, en cambio, su deceso fue comunicado en forma lacónica.